sábado, 7 de noviembre de 2009

II Lisa, El maestro

En la entrada de la escuela, en la cabecera del salón principal, estaban los retratos de tres genios: Kant, Einstein y Picasso, como si fueran fuentes inspiradoras de su enseñanza. Más de una vez el creador de la Teoría de la Relatividad dijo algo que le venía bien a nuestra escuela: “La experiencia más bella es la de lo misterioso. Es la fuente de todo arte y toda ciencia verdaderos”. Los retratos estaban rodeados por un conjunto de reproducciones de muy buena calidad y bien enmarcados de grandes artistas: Picasso, Braque, Klee, Miró, Matisse y Chagal.

Si bien su aspecto era serio, su trato era afable. Era un hombre inclasificable, seductor, brillante, sin comparación posible con personajes famosos de la literatura, la pintura o con celebridades del campo de la política. De estatura mediana, vestía bien pero con sobriedad. A los visitantes solía decirles: “La necesidad primordial de los gobernantes es educar; la educación ética y estética son los elementos formativos fundamentales. La acumulación de información hace peligrar la capacidad creativa de los alumnos”. En los cursos Lisa experimentaba sus concepciones filosóficas buscando los posibles nexos que podían unir a la filosofía con el arte. Imponía normas estrictas a sus discípulos parecidas a las que practicaban los maestros místicos. La consigna que imperaba en las clases era: “Si te aguantas las penurias (pruebas), yo te daré la sabiduría”. Todo consistía en trabajo incesante y fidelidad permanente a la propuesta. Muchos no aguantaban semejante rigor o carecían de ánimo suficiente para la renuncia personal y quedaban marginados de esa unidad excluyente: maestro, discípulos y en el medio ningún problema personal.

El compromiso ético y estético con la escuela por parte de los alumnos, debía ser permanente. Eso explicaría por qué sus cursos nunca fueron numerosos. Su alejamiento de los métodos empleados en las escuelas superiores de arte y su desinterés por dar a conocer sus propias obras, fueron causa de que se desconocieran sus enseñanzas y sus pinturas.

Con nosotros era muy exigente. Cuando los había, nos señalaba los defectos y nunca nos dispensaba elogios. Esa actitud era permanente y formaba parte de sus principios. Planteaba en términos filosóficos nuestra contienda en el tablero. Nuestro modelo simbolizaba el “objeto” y a nosotros nos quedaba el papel de “sujeto” . Por tanto, el acto era el equivalente de la constante lucha entre “objeto y sujeto” que desde tiempos inmemoriales nos plantean las ciencias filosóficas. No interesaba el cuadro que hacíamos, así estuviera bien logrado, lo que importaba el “estado” emocional alcanzado mientras lo elaborábamos. Porque era un estado de “abierto”. Abierto al Mundo y la paleta era nuestro laboratorio para la investigación.

Además de enseñarnos a dibujar y pintar, lo que más le interesaba era agudizar en nosotros el sentido de la observación. Estos ejercicios eran el paso previo para la gran conquista: aprender a contemplar para poder tener “una visión armoniosa”.

Dijo Ferrater Mora: “En una nueva teoría del conocimiento, la contemplación debería ser una importante forma de acción, el grado supremo de la actividad espiritual”. A la contemplación, se la vinculó antiguamente a la inactividad (vida contemplativa). Para los filósofos modernos ésta teoría ya perdió su sentido porque la contemplación no excluye la acción, ni siquiera para los místicos es así porque para ellos, contemplación no es inacción sino ejercicio.

En su obra Cielo e Infierno, Huxley dice: “La mayoría de la gente es ciega para los colores, desarrollar el sentido del color puede convertirse en un lujo biológico que puede llevar más allá del sentido utilitario de las cosas”.

Lisa creía que podía darnos esa visión –Él la llamaba visión armoniosa–, sin necesidad de apelar a la Mezcalina ni a ninguna otra droga.




[1] Varios datos de ésta página, son un aporte de mi compañero Zylberberg. Fueron tomados de su libro: “Mi maestro”, editado en España.

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